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Avales hipotecarios: qué son, para qué se usan y por qué han caído en el olvido

El aval hipotecario ha pasado de cien a cero en muy pocos años. Si durante los años de la burbuja miles de clientes lograron financiación bancaria para adquirir una vivienda gracias a ellos, su presencia en el mercado hipotecario actual es prácticamente testimonial.

En los años de máximo apogeo del sector inmobiliario era muy normal aportar un aval cuando el hipotecado no tenía ingresos suficientes para hacer frente al préstamo hipotecario y sus padres, que sí trabajaban, le avalaban para que pudiera conseguirlo

El Banco de España define el aval como “una forma de garantizar o asegurar el cumplimiento de obligaciones económicas. Quien avala (el avalista) se declara dispuesto a hacer frente a los compromisos del avalado (normalmente, el pago de una determinada cantidad de dinero) frente a una tercera persona o empresa (el beneficiario del aval) en caso de que el avalado no lo haga”. Dicho de otro modo: el aval es una garantía que nos obliga a cumplir o pagar por un tercero (el banco en el caso de un préstamo hipotecario) en el caso de que éste no lo haga.

Sin embargo, desde idealista hipotecas reconocen que la crisis supuso un antes y un después en su utilidad. En los últimos años, el sector financiero ya no da importancia al hecho de tener un aval, sino a la capacidad real de pago de los clientes que quieran contratar un préstamo hipotecario. Por tanto, el aval no suple las dificultades que pueda tener un hipotecado para cumplir sus compromisos y no sirve de nada si el cliente no puede pagar.

Actualmente, es una figura que se utiliza en casos muy concretos, principalmente cuando falla algún factor de la operación y el banco quiere contar con una seguridad extra. “El aval hipotecario ahora tiene un uso testimonial. Se puede pedir si el futuro hipotecado, teniendo un buen perfil, incumple algunos de los requisitos que exigen las entidades para conceder un préstamo para la adquisición de una vivienda, como aportar el 30% del precio de compra, llevar más de dos años trabajando o que el pago de la deuda no supere el 35% de los ingresos. En definitiva, es una figura que sirve para cerrar la operación cuando alguna variable cojea.

Así, el aval podría servir a un cliente que es capaz de aportar el 30% del precio de compra de la casa y que tiene ingresos suficientes como para garantizar el pago, pero que lleva menos de dos años trabajando. También podría obtener la hipoteca gracias a un aval el cliente que ponga sobre la mesa el 30% de la vivienda y lleve más de dos años ocupado, pero a quien el pago de la deuda le supondrá un 40% de los ingresos. Y es que, como reconoce el propio sector financiero, solo pueden adquirir una vivienda quienes tengan ahorros y un buen trabajo.

fuente:www.idealista.com

 

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